lunes, 8 de septiembre de 2008

BALADA PARA MI MUERTE



Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.
Flotará en mi silencio la mufa perfumada
de aquel verso que nunca yo te supe decir.

Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,
como sombras fugadas de un cansado ballet,
repitiendo tu nombre por una calle blanca,
se me irán los recuerdos en puntitas de pie.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,
cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!

lunes, 11 de agosto de 2008

domingo, 10 de agosto de 2008

¡OH CAPITÁN, MI CAPITÁN!


¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, nuestro espantoso viaje ha terminado,
la nave ha salvado todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!

¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, levántate y escucha las campanas,
levántate, por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín,
para ti ramilletes y guirnaldas con cintas,
para ti multitudes en las playas,
por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven,
mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
la nave, sana y salva, ha anclado, su viaje ha concluido,
de vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad campanas!
Mas yo, con tristes pasos,
recorro el puente donde mi capitán yace,
frío y muerto.

FUNERAL BLUES



Paren todos los relojes, corten el teléfono,
eviten que el perro ladre con un jugoso hueso,
callen los pianos y con un apagado golpeteo,
saquen el ataúd, dejen que las plañideras vengan.

Dejen que los aviones giren, gimiendo, sobre nosotros,
garabateando en el cielo el mensaje "Él está muerto",
pongan crespones en los cuellos blancos de las palomas de la calle,
dejen que los agentes de tráfico lleven guantes negros de algodón.

Él fue mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso de domingo,
mi amanecer, mi medianoche, mi charla, mi canción;
pensaba que el amor duraría por siempre: estaba equivocado.

Las estrellas no son deseables ahora: apáguenlas una a una;
empaquen la luna y desmantelen el sol.
Vacíen lejos el mar y arrasen el bosque;
porque ahora nada de lo que llegue puede ser bueno.

SALMO XVII



Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS



[...] Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso: vive el momento, no pongas fe alguna en el mañana.

Horacio, Odas (Carmina), I, XI

miércoles, 6 de agosto de 2008

HAMLET



SEPULTURERO: [...] Ahí tenéis una calavera. (Tomándola del suelo.) Esta calavera ha estado metida en tierra veintitrés años.

HAMLET: ¿De quién era?

SEPULTURERO: De un imbécil hijo de puta. ¿De quién dirías?

HAMLET: ¿Qué se yo?

SEPULTURERO: ¡Mala peste te confunda! ¡Loco idiota! Un día me tiró por la cabeza una botella de vino del Rin. Esa misma calavera que veis es la de Yorik, el bufón del rey.

HAMLET: ¿Esta?

SEPULTURERO: Esta misma.

HAMLET: Deja que la vea. (Toma la calavera.) ¡Ah, pobre Yorik! Yo lo cconocí, Horacio: era un hombre de gracia infinita y de una fantasía portentosa. Mil veces me llevó a cuestas y ahora ¡qué horror siento al recordarlo! Aquí pendían esos labios que yo he besado tantas veces. ¿Que fue de tus bromas, tus piruetas, tus canciones, tus rasgos de buen humor, que hacían romper en risa a toda la mesa? ¿Nada, ni un sólo chiste para burlarte de tu propia mueca? ¿Qué haces ahí con la boca abierta? Vete ahora al tocador de mi dama y dile que, aunque se ponga el grueso de un dedo de maquillaje ha de venir por fuerza a esta triste figura. Prueba hacerla reír con eso.

miércoles, 30 de julio de 2008

ELEGÍA A LA MUERTE DE RAMÓN SIJÉ




(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como del rayo, Ramón Sijé,
a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Elegía a Ramón Sijé

martes, 29 de julio de 2008

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

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Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía,
soñaba con mis amores, que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora muy blanca, muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor? ¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas, ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante: soy la Muerte Dios me envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día!
—Un día no puede ser, una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba, más deprisa se vestía;
ya se va para la calle, en donde su amor vivía.

—¡Ábreme la puerta, blanca, ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue a palacio, mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche, ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando, junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare, mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe; la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida.
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Romance del enamorado y la muerte

martes, 22 de julio de 2008

EL INGENIOSO HIDALGO, DON QUIJOTE DE LA MANCHA


--¡Ay!, respondió Sancho llorando: no se me muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no hay más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber cinchado yo mal a Rocinante le derribaron: cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballería ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy, será vencedor mañana.



Quijote de la Mancha, 2, LXXIV

lunes, 21 de julio de 2008

COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE


Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.


Coplas...

TIERRA DE PENUMBRA (SHADOWLANDS)

HE VENIDO PARA VER



He venido para ver semblantes
amables como viejas escobas,
he venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.

He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.

He venido para ver los mares
dormidos en cestillo italiano,
he venido para ver las puertas,
el trabajo, los tejados, las virtudes
de color amarillo ya caduco.

He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
un día abrí los ojos: he venido.

Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;

Los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.

Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
guardad los labios por si vuelvo.





CUANDO, UN ATARDECER...


.
.
[...]

¡Oh! No dejes que el Tiempo te engañe;
no podrías conquistar al Tiempo.

En las madrigueras de la pesadilla,
donde encuentras desnuda a la Justicia
y el Tiempo acecha entre las sombras
y tose cuando el beso ya se acerca.

En jaquecas y angustias,
vagamente, la vida se nos escapa,
y el Tiempo logrará su capricho
y si no es hoy, será mañana.

En más de un valle verde
se desliza la nieve aterradora;
rompe el Tiempo el tejido de las danzas,
el brillante saludo del que va en aguas hondas.

¡Oh! Sumerge las manos en el agua,
sumérgelas, que llegue a tu muñeca;
y en el lavabo mira atentamente
y piensa en lo que el mundo te ha negado.

En el aparador el glaciar se derrumba,
en la cama suspiran los desiertos,
y en la taza de té la grieta te insinúa
un sendero que lleva al país de los muertos.

[...]

¡Oh! Mira, mira en el fondo del espejo,
en tu desgracia mira:
la vida sigue siendo un don,
aunque tú no puedas bendecirla.

¡Oh! Quédate en la ventana,
mientras queman las lágrimas del miedo en tus mejillas;
has de amar a tu torcido prójimo
con un torcido corazón.

[...]
.

jueves, 17 de julio de 2008

NO ENTRES DÓCILMENTE...



No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por el brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada
[deslumbrante
cuánto los ojos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú, mi padre, en tu triste apogeo
maldice, bendice, mientras imploro con la vehemencia de tus
[lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche clara,
rabia, rabia contra la agonía de la luz.


HANNAH Y SUS HERMANAS

miércoles, 16 de julio de 2008

CANCIÓN DE LA MUERTE


Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, le ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA





"Y si la nada nos está deparada, hagamos que eso sea una injusticia"
Miguel de Unamuno